La infancia es una etapa clave para construir relaciones afectivas sólidas y saludables. Desde el hogar, con gestos cotidianos como validar lo que se siente, nombrar emociones y reparar errores pueden marcar una diferencia profunda en el bienestar de niños y adolescentes. Qué prácticas recomiendan los especialistas y cómo aplicarlas sin exigencias ni culpa.
En tiempos de sobreestimulación digital y vínculos fragmentados, cada vez más especialistas destacan el rol de las familias en el desarrollo emocional de niños y adolescentes. “La casa es el laboratorio emocional por excelencia. Ahí se modelan conductas, se validan emociones y se aprende a gestionar lo que se siente”, explica la psicóloga infantojuvenil Mariana Koppmann, autora del libro Criar con el corazón. Según un estudio de UNICEF Argentina, el 42% de los adolescentes afirma que no se siente escuchado en su entorno familiar cuando atraviesa momentos difíciles.
La inteligencia emocional incluye habilidades como reconocer lo que se siente, expresarlo de forma adecuada, regular las propias reacciones y comprender las emociones ajenas. No se trata de “ser siempre positivo”, sino de construir herramientas para transitar lo que incomoda. “Educar emocionalmente no es evitar el enojo o la tristeza, sino acompañar esas emociones sin juzgarlas”, señala el psicólogo clínico Esteban Levin, especialista en vínculos familiares.
Nombrar lo que se siente (“veo que estás frustrado”), validar sin minimizar (“entiendo que eso te moleste”) y mostrar cómo se regula una emoción (“yo también me enojo, pero trato de respirar antes de responder”) son prácticas que fortalecen el vínculo y enseñan sin sermones. Según el informe Infancias y adolescencias hoy del Observatorio de la Deuda Social Argentina, el 36% de los chicos entre 10 y 17 años dice que le cuesta identificar lo que siente.
No hay crianza perfecta. Lo importante es saber reparar cuando se comete un error. Pedir disculpas, reconocer que se actuó desde el cansancio o el enojo, y mostrar vulnerabilidad son gestos que enseñan más que cualquier charla. “Los chicos aprenden mucho más de lo que hacemos que de lo que decimos. Mostrar que también nos equivocamos les da permiso para hacerlo sin culpa”, afirma la terapeuta familiar Laura Gutman.
Existen juegos, libros y actividades que ayudan a poner en palabras lo que se siente. Por ejemplo, el juego de cartas Emocionados propone dinámicas para identificar emociones y conversar en familia. También hay podcasts como Entrelazados que abordan temas como la frustración, el miedo y la autoestima desde una mirada cercana. En redes, cuentas como @psicoinfancia ofrecen frases útiles para acompañar sin invadir.
Frases como “no llores”, “no te enojes” o “no es para tanto” pueden invalidar lo que el niño siente y dificultar su expresión emocional. En cambio, habilitar el llanto, el enojo o la tristeza como parte de la experiencia humana permite construir una relación más honesta. “La represión emocional genera síntomas físicos y conductas desadaptativas. Lo que no se dice, se actúa”, advierte la psiquiatra infantil Gabriela Dueñas.
La educación emocional no requiere grandes discursos ni técnicas sofisticadas. Se construye en los gestos cotidianos, en la escucha activa y en la disponibilidad afectiva. “No se trata de criar hijos ideales, sino de acompañarlos con autenticidad y respeto por lo que sienten”, concluye Koppmann. En un contexto de creciente malestar emocional en las infancias, el rol de las familias es más importante que nunca.