Ejercitarse todos los días puede prevenir un ACV

Ejercitarse todos los días puede prevenir un ACV

Incorporar movimiento a la rutina es una de las estrategias más efectivas para cuidar la salud cerebral. Actividades simples como caminar, estirarse o andar en bicicleta pueden reducir significativamente el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular. Qué recomiendan los especialistas, cómo impacta el sedentarismo en el organismo y por qué adoptar hábitos activos es clave para vivir mejor y por más tiempo.

En el país, cada año se registran más de 100.000 casos de accidente cerebrovascular (ACV), una de las principales causas de discapacidad y muerte en adultos. Sin embargo, especialistas coinciden en que más del 80% de estos episodios podrían evitarse con cambios sostenidos en el estilo de vida. Entre ellos, el más accesible y eficaz es el ejercicio físico diario, incluso en dosis moderadas.

Según datos del Ministerio de Salud, apenas el 36% de la población adulta realiza actividad física de forma regular. Esta cifra preocupa, especialmente en contextos urbanos donde el sedentarismo se ha vuelto norma. “Moverse todos los días, aunque sea 30 minutos, reduce significativamente el riesgo de ACV, hipertensión y diabetes tipo 2”, explica la neuróloga María Eugenia Lamas, del Hospital El Cruce. “No hace falta correr maratones: caminar, andar en bicicleta o bailar son formas válidas de activar el cuerpo”.

La Organización Mundial de la Salud recomienda al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada para adultos. En términos prácticos, esto equivale a media hora de movimiento cinco veces por semana. Estudios recientes publicados en The Lancet Neurology señalan que quienes cumplen con esta pauta tienen un 27% menos de probabilidades de sufrir un ACV en los próximos diez años, en comparación con quienes llevan una vida sedentaria.

Algunas iniciativas comunitarias están marcando la diferencia. El programa “Plazas en Movimiento”, impulsado por organizaciones barriales, ofrece clases gratuitas de gimnasia, yoga y caminatas guiadas. “La clave está en generar rutinas sostenibles y placenteras, no en imponer obligaciones”, señala Laura Paredes, coordinadora del proyecto. “Cuando el ejercicio se vuelve parte de la vida cotidiana, el cuerpo responde y la salud mejora”.

Además del impacto físico, el ejercicio tiene efectos positivos sobre la salud mental, otro factor de riesgo indirecto para el ACV. El estrés crónico, la ansiedad y la depresión pueden alterar la presión arterial y favorecer procesos inflamatorios. “El movimiento libera tensiones, mejora el ánimo y regula funciones vitales como el sueño y la digestión”, agrega Lamas. En este sentido, la actividad física funciona como un regulador integral del bienestar.

Para quienes no saben por dónde empezar, los especialistas recomiendan establecer metas pequeñas y realistas. Subir escaleras en lugar de usar el ascensor, bajarse una parada antes del colectivo o dedicar unos minutos a estiramientos al despertar son gestos simples que suman. Lo importante es la constancia: “La prevención del ACV no depende de grandes esfuerzos, sino de hábitos sostenidos”, concluye la neuróloga.

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