Historia de una obsesión argentina por la Davis

Historia de una obsesión argentina por la Davis

Protagonistas

La Copa Davis 2016 marcó el fin de una deuda histórica del tenis argentino: de décadas de frustración al milagro de Zagreb y la consagración inolvidable.

En la épica deportiva nacional no hay muchas competiciones que hayan generado tanta angustia y esperanza como la Copa Davis. El fútbol tenía sus alegrías mundialistas y continentales, pero el tenis tenía una deuda impagable. Durante décadas, la Ensaladera de Plata fue la máxima obsesión prohibida para una de las principales potencias del tenis. No era solo ganar un torneo más, era para romper un hechizo negro que había atormentado a generaciones de jugadores y aficionados.

El tenis en Argentina se vive como el fútbol en ningún otro lugar del mundo. Las gradas no se quedan calladas como en Wimbledon; gritan, saltan, alientan como si estuvieran en la Bombonera. 

Esa pasión desbordada convirtió cada derrota en un drama nacional. Desde aquella final perdida en Cincinnati en 1981 por Guillermo Vilas y José Luis Clerc, quedó la sensación de que el destino siempre tenía reservado un golpe cruel para el equipo albiceleste en el momento crucial. Con talento de sobra, el título siempre se le escapaba por pequeños detalles o problemas internos.

Una historia de oportunidades perdidas

El siglo XXI trajo a la Legión una camada de destacados tenistas encabezada por David Nalbandian, Guillermo Coria y Gastón Gaudio. No existe ni una pizca de duda de que el talento estaba ahí para ganar, pero la maldición se aferraba con una persistencia tan dolorosa que parecía una hazaña imposible.

Las derrotas en Moscú 2006 y Sevilla 2011 ante España escocieron, pero la herida más profunda se abrió en 2008. Argentina se enfrentaba en casa, en Mar del Plata, a una España sin Rafael Nadal. Estaba todo preparado para la celebración, pero entre nervios internos de vestuario y una actuación heroica de los visitantes, el país se quedó en silencio.

La Davis a menudo desafía la lógica del ranking individual y constantemente termina siendo más una cuestión emocional que técnica, eso está claro, pues hay que tener presente que en esta batalla influyen factores anímicos y colectivos que van más allá de las cuotas de las apuestas deportivas, donde el gran favorito sobre el papel sucumbe ante la presión de llevar sobre sus hombros la esperanza de todo un país. 

Después del fracaso de Mar del Plata, muchos creyeron que el tren había pasado y que Argentina estaba condenada a ser el eterno segundón romántico del torneo, pero la historia a veces está destinada a cambiar.

El milagro de Zagreb

La llegada del 2016 cambió las cosas; el equipo no llegaba como favorito y Del Potro volvía a jugar tras pasar por tres operaciones en sus muñecas que casi acaban con su carrera. El camino a la final fue una odisea de visitante que templó al equipo: tuvieron que ganar en Polonia, en Italia, en Gran Bretaña ante el número uno del mundo, Andy Murray. 

Sorprendentemente, Argentina llegó a la final en Zagreb ante una Croacia temible que elegía la superficie y jugaba con todo el público a su favor.

La serie llegó al domingo decisivo con Croacia al frente 2-1. Del Potro tenía que batallar ante la mejor raqueta local, Marin Cilic. El argentino cedió los dos primeros sets y el sueño volvía a escaparse de entre los dedos.

Con un dedo roto en pleno partido y el agotamiento a cuestas, la “Torre de Tandil” inició una remontada de casi cinco horas. Hasta Diego Maradona estaba en la tribuna alentando, contagiando de energía al equipo. Del Potro se llevó el partido en cinco sets, acallando el estadio y empatando la serie. Fue una muestra de valentía más allá del deporte, un ejemplo de vida:

Un héroe inesperado

La historia tenía guardado el último acto para Federico Delbonis, un hombre que no suele llevarse los aplausos. Empatada la serie, todo quedaba en sus manos en el quinto punto ante el gigante Ivo Karlovic. 

Delbonis disputó el partido de su vida con una madurez impropia para la instancia. Con una frialdad pasmosa, desarmó el cañón del croata y se llevó el partido en tres sets seguidos. En ese momento, años de frustración se liberaron en un grito: Argentina, la tierra de las cuatro finales perdidas, por fin conquistaba el trofeo más deseado.

Aquella victoria en Croacia cerró un ciclo de tortura colectiva, fue más que un título deportivo, fue la muestra de que la perseverancia, la humildad y la cohesión del equipo bajo la capitanía de Daniel Orsanic podían superar los fantasmas.

Hoy el tenis argentino continúa dando frutos y compitiendo al máximo nivel, pero con la tranquilidad de haber saldado su deuda histórica. La obsesión se desvaneció; el orgullo quedó. Aquel equipo de 2016 probó que en el deporte ninguna maldición es para siempre si tienes el valor de enfrentarla de nuevo. 

La ensaladera de plata ya no es una quimera, es un recuerdo de gloria que descansa en las vitrinas de la Asociación Argentina de Tenis.

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