Lo que comenzó como una de las experiencias más amargas del año terminó convirtiéndose en una historia cargada de emoción y esperanza. Egresados mendocinos que habían sido estafados y quedaron sin su fiesta de fin de curso, lograron vivir, finalmente, la noche que habían imaginado durante años. La celebración se concretó este domingo por la noche en un salón de eventos de Maipú, luego de que Gustavo Corso, propietario del espacio Maranaho, decidiera intervenir de manera desinteresada. El empresario resolvió organizar la fiesta completa sin cobrar un solo peso, no solo para los estudiantes, sino también para sus familias, que habían sido directamente afectadas por la estafa.
Semanas atrás, el golpe había sido duro: al llegar al salón contratado originalmente, los egresados se encontraron con que no había nada preparado. El momento que debía ser una celebración terminó en angustia, frustración y llanto. Sin embargo, la historia dio un giro inesperado cuando la solidaridad apareció en el momento justo.
“Cuando tomé dimensión de lo que había pasado, entendí que no era solo un problema económico. Era el cierre de una etapa muy importante para los chicos”, explicó Gustavo Corso en diálogo con Noticiero 9. Gracias a su iniciativa, tres colegios pudieron compartir una noche completa, con cena, animación, música y todos los detalles propios de una fiesta de egresados, tal como la habían soñado.

Durante la velada, padres y alumnos no ocultaron la emoción. Muchos recordaron la noche en la que todo se había derrumbado, pero coincidieron en que lo vivido este domingo superó incluso las expectativas originales.
“Pasamos algo muy feo, pero hoy ver a los chicos felices no tiene precio”, expresó una de las madres. Otros destacaron el compromiso de todo el equipo del salón, que trabajó de manera voluntaria para que el evento fuera impecable.
Los propios egresados también tomaron la palabra: “Llegamos y no lo podíamos creer. Estaba todo. Es la noche soñada”, dijeron, emocionados, al poder compartir el cierre del secundario junto a compañeros con los que crecieron durante años.

Desde la organización remarcaron que el gesto no fue individual, sino colectivo. Personal de cocina, mozos, animadores y colaboradores se sumaron al proyecto con un único objetivo: transformar una estafa en un recuerdo feliz.
“Esto no lo vivimos como trabajo, lo hicimos de corazón”, señalaron desde el equipo del salón. Para muchos, la noche fue tan significativa para quienes la disfrutaron como para quienes hicieron posible que sucediera.

Así, una historia que había comenzado con bronca y desilusión encontró su revancha. Los egresados estafados tuvieron su fiesta, demostrando que, incluso después de los momentos más difíciles, la solidaridad puede marcar la diferencia y devolver la sonrisa donde antes había tristeza.