En un sector tradicionalmente asociado a los varones, Felisa Alderete y Carolina construyen su camino como gasistas matriculadas y plomeras, rompiendo estigmas y demostrando que la vocación y la capacidad no tienen género.
Durante décadas, los trabajos vinculados a la plomería y al gas fueron considerados “cosas de hombres”. Sin embargo, esa lógica empieza a resquebrajarse gracias a mujeres que decidieron animarse. Ese es el caso de Felisa y Carolina, quienes construyen todos los días un camino propio y desafían prejuicios arraigados. Son gasistas matriculadas y plomeras, dos oficios tradicionalmente masculinizados.
Felisa es gasista matriculada y plomera. Su llegada al oficio no fue lineal: tras estudiar enfermería y atravesar una etapa de frustración laboral, encontró en los oficios una oportunidad real de crecimiento. “No era redituable y no podía sostenerme. Un día surgió la idea de estudiar plomería y gas, y fue un antes y un después”, cuenta.
Sin demasiadas vueltas, se inscribió en un Centro de Capacitación para el Trabajo (CCT) y arrancó casi de inmediato, combinando plomería durante el día y gas por la noche, mientras trabajaba para sostenerse.
“Fue difícil al principio, pero también fue descubrir algo que realmente me apasiona”, cuenta Felisa. Con el acompañamiento de docentes y el apoyo de su entorno, avanzó hasta obtener su matrícula como gasista,para brindar seguridad y confianza a sus clientes.
Prejuicios, desconfianza y clientes que cuestionan
El camino no estuvo exento de obstáculos. Felisa relata que la mayor resistencia suele aparecer cuando el cliente es un hombre. “Te miran trabajar esperando que te equivoques. Te preguntan cuánto hace que trabajás, te cuestionan todo. Eso no pasa cuando atendés mujeres solas o personas mayores”, explica.
Aun así, destaca que muchas veces el prejuicio inicial se transforma en reconocimiento una vez finalizado el trabajo. “Cuando ven que está bien hecho, agradecen. Incluso algunos quedan con esa espina de no haber podido arreglarlo ellos”.
Carolina y el desafío de animarse
Carolina, dueña de una ferretería y experta en materiales de construcción, comparte una experiencia similar. Para ella, el mayor límite muchas veces no está afuera, sino en las propias creencias. “Las mismas mujeres a veces nos ponemos barreras. Cuando entrás al rubro, te das cuenta de que no hay límites reales”, afirma.
Ambas coinciden en que hoy existen herramientas modernas que facilitan el trabajo y derriban el mito de que se necesita fuerza física extrema. “Con la tecnología actual, muchas tareas se resuelven sin esfuerzo excesivo. Eso también hay que decirlo”, remarcan.
Tanto Felisa como Carolina buscan transmitir un mensaje claro: animarse. Destacan que existen cursos gratuitos o de bajo costo, con excelentes docentes, y que la salida laboral es concreta. “No es fácil, pero no lo es para nadie. Es un desafío hermoso y vale la pena”, sostienen.
En un contexto donde cada vez más mujeres se abren paso en oficios técnicos, sus historias reflejan un cambio de paradigma que avanza, aunque todavía enfrenta resistencias.
Con profesionalismo, capacitación y perseverancia, Felisa y Carolina demuestran que los oficios no tienen género y que el talento se impone, incluso en los espacios donde durante años parecía no haber lugar para ellas.