Cada vez más chicos pasan el tiempo en consultorios médicos frente a una pantalla. Aunque parece una solución práctica, especialistas advierten sobre los efectos silenciosos en el desarrollo emocional y cognitivo. ¿Cómo acompañar mejor esos momentos?
En consultorios médicos, cada vez es más común ver a niños pequeños hipnotizados por pantallas mientras esperan ser atendidos. Lo que parece una solución práctica para evitar berrinches o calmar la ansiedad puede tener efectos silenciosos en el desarrollo emocional y cognitivo. “El celular no es un juguete. La sobreexposición a la tecnología puede generar una sobreestimulación sensorial en una etapa de inmadurez cerebral”, advierte la pediatra Silvina Pedrouzo, miembro de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).
Según la Organización Mundial de la Salud, los niños menores de 2 años no deberían estar expuestos a pantallas, y entre los 2 y 5 años, el uso debe ser limitado y siempre acompañado por un adulto. Sin embargo, un estudio realizado por el CONICET reveló que el uso cotidiano de celulares en edades tempranas está cada vez más naturalizado, especialmente en espacios como salas de espera, traslados o momentos de distracción. “Así como antes nos criábamos con libros, hoy las infancias se crían con tecnología. El desafío es enseñarles a apropiarse de ella de forma constructiva y no alienante”, señala la psicóloga Olga Peralta.
Una investigación publicada en Psychology, Society & Education encuestó a 241 familias con hijos de entre 3 y 8 años: el 73% de los adultos reconoció usar el celular como herramienta para calmar a sus hijos en momentos de espera o tensión. Aunque valoran su utilidad educativa y de entretenimiento, también expresan preocupación por el aislamiento social y el acceso a contenidos inapropiados. “El problema no es la tecnología en sí, sino cómo, cuándo y para qué se usa”, resume Peralta.
En las salas de espera, el celular suele convertirse en un “calmante digital” que silencia el aburrimiento, pero también la oportunidad de interacción. “No hay pantalla interactiva que suplante el vínculo humano. Mirar juntos un libro, jugar al veo-veo o simplemente conversar puede ser más nutritivo que cualquier video”, explica Pedrouzo. Algunos pediatras están promoviendo rincones de juego analógico con libros, bloques o pizarras para fomentar la creatividad y el vínculo.
Un trabajo académico de la Universidad de Flores advierte que el uso excesivo de dispositivos tecnológicos en la primera infancia puede afectar el desarrollo del lenguaje, la atención sostenida y la autorregulación emocional. “El cerebro infantil necesita estímulos variados, no solo visuales. El contacto físico, el juego libre y la interacción cara a cara son insustituibles”, señala el documento.
¿Qué pueden hacer las familias? Llevar juguetes pequeños, libros o juegos de observación puede ser una alternativa saludable. También se recomienda que, si se usa el celular, sea de forma acompañada: explicando lo que se ve, conversando sobre los contenidos y evitando el uso pasivo. “No se trata de demonizar la tecnología, sino de usarla con criterio y afecto”, concluye Peralta.
En tiempos de hiperconectividad, el desafío es recuperar espacios de espera como momentos de vínculo, juego y presencia. Porque lo que calma no siempre está en una pantalla: a veces, está en una mirada, una palabra o un gesto compartido.