De una máquina armada en seis metros cuadrados y una receta construida a pura prueba y error, a una red de franquicias que convirtió al churro en un clásico mendocino: la historia de Churrico es la de una familia que hizo del amor, la calidad y el trabajo su verdadera marca.
En el programa Historias con Marca, por El Nueve Streams, la conductora Elena Alonso recibió a Daniel, Laura y Julio César Agüero, referentes de Churrico, para repasar una historia empresarial atravesada por intuición, sacrificio y una fuerte impronta familiar.
Lo que comenzó como una apuesta arriesgada en una provincia donde el churro no era un producto habitual, terminó convirtiéndose en una marca que, para muchos mendocinos, funciona casi como un genérico.
El origen: una idea que quedó grabada
La semilla del proyecto se remonta a una escena inesperada. El padre de Daniel trabajaba como mozo en un hotel céntrico cuando tuvo que acompañar a Mario Moreno —más conocido como Cantinflas— al Mercado Central porque buscaba chocolate con churros. En Mendoza no era común encontrarlos.
Años después, esa imagen reapareció. Tras cerrar un restaurante en Chacras de Coria y sin renovación de contrato, la familia necesitaba reinventarse. Un amigo de Buenos Aires le preguntó: “¿Por qué acá no hay churros?”. La comparación era inevitable: en la provincia dominaban las tortitas; en el conurbano bonaerense, las fábricas de churros trabajaban a escala industrial.
El padre viajó a conocer una fábrica en Valentín Alsina. Volvió fascinado con la idea y decidió fabricar su propia máquina en Mendoza. Con la ayuda de un ingeniero amigo y un obrero metalúrgico, en apenas seis metros cuadrados construyeron el equipo. Pero cuando la máquina estuvo lista, ocurrió una tragedia: los cinco trabajadores de la fábrica bonaerense que debían transmitir la receta murieron tras la explosión de una caldera.
La familia quedó sola: con máquinas nuevas, sin fórmula y con deudas.
Prueba, error y fe
Sin manuales industriales —los recetarios de Doña Petrona no servían para una producción a gran escala— comenzaron meses de ensayo y error. Entraban a trabajar a la medianoche. Se desperdiciaban bolsas enteras de harina y cientos de litros de aceite.
La madre rezaba sobre la masa antes de cada intento. “Tiene que salir”, repetía. Y de a poco, empezó a salir.
Primero lograron una calidad aceptable; luego fueron perfeccionando el producto hasta alcanzar el estándar que buscaban. Eran solo churros simples, sin relleno ni cafetería. La difusión llegó casi por casualidad: un móvil radial, conducido por amigos de la familia, pasó por la fábrica y contó la historia al aire. Además, comenzaron a realizar donaciones a escuelas. La respuesta fue inmediata.
El nombre y la consolidación
El nombre surgió en una búsqueda casi lúdica. Entre opciones descartadas apareció la combinación de “churro rico”, que derivó en Churrico. Con identidad definida y producto consolidado, la marca empezó a instalarse en la provincia.
Los hijos crecieron literalmente detrás del mostrador. Laura, Julio y sus hermanos se criaron entre la casa y el local de calle O’Brien. Trabajaron junto a su abuelo y su padre, atravesando tres generaciones en simultáneo, algo poco habitual en empresas familiares.
El desafío de crecer
Con el tiempo llegó una decisión clave: o cada uno seguía su profesión o apostaban juntos al crecimiento de la empresa. Optaron por continuar.
El modelo elegido fue el de franquicias. El padre había realizado un curso sobre el tema a fines de los 90, pero demoraron años en dar el paso. “Nos faltaba aprender a delegar”, reconocieron. El mayor desafío fue soltar la operación diaria sin resignar valores.
Hoy cuentan con 15 sucursales y proyectan llegar a 18 en el corto plazo. Incluso franquiciaron el local original —tras casi 60 años de gestión directa— para liberarse de la operación y enfocarse en estrategia, capacitación y acompañamiento.
Laura lidera el vínculo con los franquiciados. Participa en entrevistas de personal, capacita equipos y transmite la historia de la marca a empleados de 19 o 20 años que no vivieron los inicios. “No vendemos churros, vendemos momentos de felicidad”, es uno de los conceptos que repiten en cada formación.
Lo que no se negocia
Hay aspectos innegociables: la calidad del producto, la buena atención y la honorabilidad de la marca. “No me manosees la marca”, sintetizan.
También sostienen que el éxito no se explica solo por la receta —agua, harina y azúcar— sino por un sistema industrial capaz de producir cientos de churros idénticos, crocantes y dorados. En seis décadas, remarcan, no surgió una competencia industrial sostenida en Mendoza.
Amor como filosofía empresarial
En la entrevista, Daniel resumió su visión en una palabra: amor. Amor en la masa, en el relleno, en el saludo al cliente y en el trato al empleado. “El empleado no trabaja solo por plata, trabaja por dignificación”, afirmó.
La familia atravesó crisis financieras, pérdidas de maquinaria, convocatorias y momentos muy difíciles. Pero logró reconstruirse y consolidar una empresa que hoy genera empleo y proyecta expansión fuera de la provincia —e incluso, a futuro, la exportación del producto crudo.
Mirar hacia adelante sin perder el propósito
Aunque piensan en tecnificar procesos y automatizar producción y logística, son cautelosos con el crecimiento. No buscan “copar el país”, sino avanzar paso a paso, evitando que la ambición desplace el propósito.
Cuando se les pregunta cómo les gustaría ser recordados dentro de 30 años, la respuesta es unánime: como buena gente. Más allá del sabor del churro o del éxito comercial, quieren que la marca sea sinónimo de transparencia, trabajo limpio y valores familiares.
Desde aquel desayuno imposible de Cantinflas hasta una red de franquicias consolidada, la historia de Churrico demuestra que detrás de cada producto cotidiano puede haber décadas de perseverancia. Y que, a veces, una idea que parece pequeña termina dejando marca en toda una provincia.