Lo que empezó como una prueba casera en la cocina de una familia mendocina se transformó en una de las marcas de alfajores más reconocidas del país. La historia de Entre Dos combina emprendedurismo, pasión y perseverancia, y hoy genera empleo, identidad y orgullo local.
En un nuevo capítulo de Historias con Marca, la serie que rescata el detrás de escena de las empresas que dejaron huella en Mendoza, la protagonista es Entre Dos, la marca de alfajores mendocinos que logró posicionarse como un verdadero símbolo provincial y trascender fronteras.
La historia comienza mucho antes de que los productos llegaran a góndolas, aeropuertos y locales propios. Constanza Carcaño y Ariel Fabrizio, pareja en la vida y socios en el proyecto, decidieron emprender en 2008, cuando sus hijas eran pequeñas y el tiempo fuera de casa era limitado. Fue en ese contexto cotidiano donde surgió la idea: crear el alfajor que ellos mismos querían comer, con más dulce de leche, mejor chocolate y una calidad que no encontraban en el mercado.
Desde esa cocina familiar, comenzaron las primeras pruebas, la elaboración artesanal y las ventas iniciales en comercios de cercanía. Sin grandes estructuras ni campañas, el crecimiento fue orgánico, impulsado por la respuesta de los consumidores y una estrategia clara: nunca gastar más de lo que tenían y apostar a un desarrollo sostenido.
El salto clave llegó cuando decidieron vender su casa, el único bien material que tenían, para construir la primera fábrica. Tras un proceso también eligieron el nombre tras buscar el significado de alfajor: “mermelada o dulce entre dos galletas”, así fue como nació Entre Dos.
A partir de allí, Entre Dos no dejó de crecer. Hoy la empresa cuenta con más de 5.000 metros cuadrados de planta productiva, genera más de 300 puestos de trabajo indirectos, tiene presencia en varias provincias argentinas y llegó también a mercados internacionales como Chile y Perú.
Uno de los diferenciales de la marca fue mantener el equilibrio entre lo artesanal y lo industrial. Constanza, nutricionista y bromatóloga, estuvo durante años al frente de la producción, cuidando cada proceso hasta lograr estandarizar la calidad sin perder identidad. Ariel, en tanto, lideró el desarrollo comercial, enfrentando la competencia de grandes marcas nacionales y posicionando a Entre Dos como un producto premium y deseado.
“Llevé el alfajor en el que compraba a diario. Los llevamos en una canasta de mimbré, con el precio y le pregunté si nos daba una mano”, recordó Ariel que al principio dejaba los productos y después cuando se vendían los cobraba y contaron que todavía guardan el comprobante de la primera venta que hicieron.
La apuesta también incluyó innovación: sabores originales, líneas sin gluten certificadas y locales que integran cafetería y experiencia de marca, una evolución que acompañó el crecimiento del turismo en Mendoza. De hecho, hoy los alfajores Entre Dos son uno de los productos más elegidos por quienes visitan la provincia y buscan llevarse un recuerdo local. Remarcaron que al día de hoy siguen buscando estar a la altura de las exigencias que pide el mercado.
Lejos de definirse solo como empresarios, sus fundadores destacan el valor del equipo humano y la construcción colectiva. La empresa logró autonomía operativa y un fuerte sentido de pertenencia, donde empleados y consumidores defienden la marca como propia.
El objetivo de hoy es poder extender la marca a otras provincias, “creo que el desafío viene por ahí, hay mucho por crecer y hacer. La idea es trasladarse afuera de las fronteras argentinas donde hay que evangelizar lo qué es un alfajor”.
A casi dos décadas de aquel primer lote casero, Entre Dos es un ejemplo de cómo un emprendimiento familiar puede transformarse en una marca mendocina líder, sin perder el espíritu con el que nació. Una historia que confirma que, cuando la pasión se combina con planificación y trabajo, lo local puede volverse universal.