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El rey de España que generó un problema en la corona por el tamaño de su pene

Fernando VII tuvo cuatro esposas y no podía tener descendencia debido a que no podía consumar el acto sexual.

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Redacción ElNueve.com
30 de noviembre de 2017 | 12:41

Fernando VII de España tuvo cuatro esposas, pero sólo la última, su sobrina María Cristina de las Dos Sicilias, le dio descendencia, dos mujeres, una de ellas Isabel II, que reinaría en España entre 1833 y 1868.

Hasta entonces, todos los reyes desde la unión dinástica habían procurado dejar a su muerte al menos a un heredero varón (salvo Carlos II "El Hechizado" que era estéril y Luis I y Fernando VI que reinaron muy poco tiempo).

Pero Fernando VII tenía un problema: macrosomía genital, es decir, su falo era desproporcionadamente largo y su glande era gigantesco.

“El Rey Fernando VII tenía el miembro viril de dimensiones mayores que de ordinario, a lo que atribuyese el no haber tenido sucesión en sus tres primeras mujeres”, escribió un médico de la época sobre el problema genital del Rey, que el escritor francés Prosper Mérimée describió como “fino como una barra de lacre en su base, tan gordo como el puño en su extremidad”.

Lo que debía ser un asunto estrictamente privado trascendió a la política a causa de las dificultades que registraron las tres primeras esposas en sus relaciones sexuales con el Rey. La primera de ellas, su prima María Antonia de Nápoles, contrajo matrimonio con el entonces Príncipe de Asturias en 1802, de 17 años, pero no pudo consumarse hasta un año después, posiblemente a causa del retraso en el desarrollo hormonal de Fernando y su falta de educación sexual.

La Princesa, a la que su esposo repugnaba y a la que el clima de Madrid no le sentaba bien, sufrió dos abortos antes de fallecer debido a una tuberculosis en 1806, aunque las malas lenguas acusaron a Manuel Godoy, favorito y primer ministro de Carlos IV, de haberla envenenado.

Las relaciones entre María Antonia de Nápoles y Fernando VII fueron bastante dificultosas, según desprende la correspondencia de la joven a su madre María Carolina de Austria, como también lo serían en el segundo matrimonio.

En 1816, el ya Rey de España se casó con su sobrina María Isabel de Braganza, Infanta de Portugal, que nunca gozó de mucha popularidad entre el pueblo y a la que su marido humilló frecuentemente con sus notorias salidas nocturnas por Madrid.

Así y todo, María Isabel de Braganza dio a luz a una hija que vivió poco más de cuatro meses. Un año después, estando de nuevo embarazada, falleció en dramáticas circunstancias junto al bebé.

La siguiente experiencia matrimonial de Fernando VII alcanzó la categoría de traumática por la juventud de la joven. La elegida fue otra de las sobrinas del Rey, María Josefa Amalia de Sajonia, de 15 años de edad, que fue obligada a casarse en 1819 con un hombre veinte años mayor que ella.

Educada en un convento por la ausencia de su madre, la puritana Reina quedó asustada en su noche de boda por la brusquedad del Rey hasta el punto de que se negó a tener relaciones sexuales con su marido.

Incluso se vio obligada a mediar la Santa Sede para que la joven Reina, a la que nadie había instruido previamente en aquellas tareas, aceptara como bueno y no pecaminoso el obligado débito conyugal. Sin haber quedado embarazada en los diez años que duró su matrimonio, María Josefa Amalia falleció prematuramente de fiebres graves en el Palacio Real de Aranjuez en 1829.

La solución: una almohadilla perforada

Alcanzada la madurez, Fernando VII se encontraba sin descendencia y con la incipiente amenaza de su hermano Carlos María Isidro de Borbón rondando la Corona. Así, se casó con otra de sus sobrinas, María Cristina de las Dos Sicilias, quien, conocedora de la trayectoria de su marido, reclamó la construcción de un artefacto para mitigar la macrosomía genital del Rey. La solución llegó a través de una almohadilla perforada en el centro de pocos centímetros de espesor por donde Fernando introducía su miembro durante el coito.

Los frutos de este matrimonio y de la normalización de la vida sexual del Monarca gracias al artefacto, fueron Isabel II (1830-1904), futura Reina de España, y Luisa Fernanda, que se casaría con el duque de Montpensier.

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