La presión por la felicidad obligatoria y el silencio repentino de la rutina pueden convertir el descanso en un escenario de introspección no deseada. Entender que el vacío no es un error de sistema es el primer paso para sanarlo y aprovechar la “reposera vacía”.
Llegan las vacaciones. El calendario finalmente muestra esos días marcados en rojo, las valijas están listas y el destino promete ser el paraíso. Sin embargo, al tercer día de mirar el mar o la montaña, aparece una sensación incómoda: un nudo en el estómago, una sombra de melancolía o una soledad profunda, incluso estando rodeados de gente.

¿Qué está mal? ¿Por qué, si tenemos todo para disfrutar, nos sentimos extrañamente vacíos? “La respuesta no está en el destino, sino en lo que sucede en nuestra mente cuando el ruido del mundo exterior finalmente se apaga”, apunta el psicólogo Marcelo Ceberio.
“Vivimos en la era de la tiranía del disfrute. En redes sociales, las vacaciones son un despliegue de atardeceres perfectos y brindis eternos. Esta presión genera una expectativa irreal: creemos que el solo hecho de cambiar de código postal debería borrarnos las inseguridades, las penas o el cansancio acumulado del año. Cuando la realidad no coincide con el filtro de Instagram, aparece la frustración. Además aparece el tema de la culpa, por ‘no estar haciendo nada’. Algo que se vincula con los ‘estilos de crianza’ de tener que ser todo el tiempo productivo, y esto no es así”, marcó Ceberio.
-¿Qué raíces tiene el silencio que aturde?

“El vacío en vacaciones suele tener raíces psicológicas claras que poco tienen que ver con el hotel, el clima o estar en casa apaciblemente:
El cese del “Modo supervivencia”: Durante el año, el estrés y la rutina actúan como un anestésico. Estamos tan ocupados ‘haciendo’ que no tenemos tiempo de ‘sentir’. Al frenar, todas las emociones que postergamos (duelos no resueltos, crisis de identidad, cansancio existencial) salen a la superficie.
-La pérdida de identidad laboral: Para muchos, el trabajo es su principal fuente de validación. Sin el rol de ‘empleado’, ‘jefe’ o ‘productor’, la persona se siente despojada de su valor. El ocio se percibe entonces como un abismo de inutilidad.
-El contraste vincular: Las vacaciones nos obligan a convivir 24/7 con la pareja, la familia o, peor aún, con nosotros mismos. Si los vínculos están desgastados, la falta de distracciones externas hace que las grietas se vuelvan imposibles de ignorar”.
Síntomas: ¿Cómo se manifiesta este vacío?
No siempre se traduce en llanto. A veces es más sutil:
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Irritabilidad constante: Discutir por nimiedades como dónde comer o qué camino tomar.
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Aburrimiento crónico: Una incapacidad de conectar con el presente, buscando constantemente la siguiente actividad.
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Anhedonia: La falta de interés o placer en actividades que normalmente te gustarían.
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Refugio digital: Pasar horas scrolleando en el celular para no enfrentar el silencio del entorno.
Tips para reconciliarse con el descanso
Si te sentís identificado, no te preocupes: no sos un “amargo”, simplemente sos humano procesando un cambio de ritmo. Algunas claves para transitarlo:
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Bajá la vara de la expectativa: Aceptá que habrá días malos, nubes en el cielo y momentos de aburrimiento. Las vacaciones no son una publicidad, son parte de la vida real.
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Practicá el “Aterrizaje suave”: No pases del caos de la oficina a la quietud absoluta de golpe. Dedicá los primeros días a descansar físicamente antes de exigirte “hacer turismo” o “divertirte”.
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Limitá las redes sociales: Ver la vida editada de otros solo profundizará tu sensación de aislamiento. Desconectá para reconectar con tu ritmo interno.
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Hacé espacio para la introspección: Si la tristeza aparece, no la tapes con alcohol o más actividades. Escuchala. ¿Qué te está queriendo decir ese vacío? A veces, las vacaciones son el único momento del año donde somos honestos con nosotros mismos.
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Rutinas mínimas: Si el caos total te genera ansiedad, establecé pequeñas anclas: desayunar siempre a la misma hora, leer un capítulo de un libro o caminar 20 minutos. La estructura da seguridad al cerebro.
“Las vacaciones no tienen por qué ser el momento más feliz de tu vida; simplemente son un espacio para recuperar el aliento. Si el vacío aparece, tratalo con amabilidad: es solo tu mente poniéndose al día con vos”.
El profesional estuvo en Cada Día, mirá la nota