Panza por estrés crónico, mucho más que estética: qué lo causa

Panza por estrés crónico, mucho más que estética: qué lo causa

La conexión entre la panza por estrés y tu estilo de vida, pasa factura a tu bienestar general. Tips profesionales.

Es una frustración común: te esforzás en el gimnasio, seguís una dieta “saludable”, pero esa molesta “pancita” parece aferrarse con más fuerza que nunca. Si te identificas con esta situación, es probable que no sea solo cuestión de calorías o repeticiones. Estamos hablando de la “panza por estrés”, un fenómeno cada vez más reconocido donde el cortisol, la hormona del estrés, juega un papel protagónico, incluso cuando crees que estás haciendo todo bien.

Cuando la panza habla

Según precisó el médico deportólogo Pablo Gastaldi, “en el ritmo frenético de la vida moderna, el estrés crónico se ha convertido en un compañero silencioso y pernicioso. Desde las presiones laborales y financieras hasta las demandas familiares y la sobrecarga de información, nuestro cuerpo está constantemente en ‘modo de alerta’. Esta tensión sostenida dispara la producción de cortisol, una hormona vital en dosis adecuadas para situaciones de emergencia, pero devastadora a largo plazo”.

-¿Qué pasa cuando se mantiene elevado el cortisol?

Cuando el cortisol se mantiene elevado, desencadena una serie de respuestas fisiológicas diseñadas para la supervivencia. Una de las más relevantes es la redistribución de la grasa corporal, priorizando su almacenamiento en la zona abdominal. Esta grasa visceral, ubicada alrededor de los órganos internos, no es solo un problema estético; es metabólicamente activa y se asocia con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y síndrome metabólico.

-¿Qué otros aspectos inciden?

El cortisol no actúa solo. El mal dormir es un cómplice directo. La privación del sueño o un descanso de mala calidad alteran el equilibrio hormonal, aumentando el cortisol y la grelina (la hormona del hambre), mientras que disminuyen la leptina (la hormona de la saciedad). El resultado: antojos de alimentos ricos en azúcar y grasas, perpetuando un círculo vicioso de mal comer. La falta de sueño también afecta nuestra capacidad de tomar decisiones, haciendo que sea más difícil resistir la tentación de esos “malos hábitos” que minan nuestros esfuerzos.

Cuando el ejercicio no basta

Y aquí es donde la paradoja se agudiza: aunque hagas ejercicio regularmente, el impacto del estrés crónico puede sabotear tus resultados. Si bien la actividad física es una excelente herramienta para manejar el estrés, si tu cuerpo está constantemente inundado de cortisol debido a un estilo de vida desequilibrado, los beneficios pueden verse mermados. Tu organismo, en un estado de alarma constante, tiende a aferrarse a las reservas de energía (grasa) como mecanismo de defensa, priorizando la supervivencia sobre la quema de grasa.

Por lo tanto, la clave para deshacerte de esa “panza por estrés” va más allá del conteo de calorías y los kilómetros recorridos. Implica una mirada integral a tu bienestar en todo sentido. Es fundamental priorizar el descanso reparador, establecer límites en tu agenda, aprender técnicas de manejo del estrés como la meditación, el yoga o simplemente dedicar tiempo a actividades que disfrutes y te relajen. Revisar tus hábitos alimenticios no solo en términos de qué comes, sino de cómo y cuándo lo haces, también es crucial. Optar por alimentos integrales, ricos en nutrientes y evitar los ultraprocesados es un paso fundamental.

“En definitiva, cuidar nuestro cuerpo es una ecuación que abarca mucho más que el ejercicio y la dieta. Es un compromiso con nuestra salud mental y emocional, entendiendo que mente y cuerpo están intrínsecamente conectados. Solo al abordar el estrés de raíz y adoptar un enfoque holístico, podremos ver realmente los resultados que buscamos y disfrutar de una vida más plena y saludable”, argumentó Gastaldi.

El profesional estuvo en Cada Tarde, mirá

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