Diciembre suele imponer una narrativa de alegría, unión y brindis que no siempre coincide con la realidad interna de cada persona. Para quienes atraviesan duelos o crisis, poder validar el malestar y practicar la empatía hacia quienes no “brillan” son las claves para transitar estas fechas con salud mental.
Las calles se iluminan, las vidrieras rebosan de adornos dorados y las redes sociales se inundan de familias perfectas compartiendo cenas idílicas. Sin embargo, para una gran parte de la población, la llegada de la Nochebuena despierta sentimientos más cercanos a la melancolía, la ansiedad o la tristeza que a la alegría festiva. Es lo que algunos psicólogos llaman el “síndrome de la silla vacía” o la “depresión blanca”.
“El problema no es la Navidad en sí, sino el imperativo de la felicidad. Existe una presión social invisible que nos dicta que debemos estar radiantes, agradecidos y celebrando”, apunta el psicólogo Marcelo Ceberio. Pero, ¿qué sucede cuando no nos sentimos en nuestro mejor momento? ¿Qué podemos hacer si le sucede a otro?
Validar la experiencia propia y ajena
“Uno de los pilares del bienestar psicológico es la validación emocional. Sentir tristeza en Navidad no es una falla personal ni un acto de ingratitud; es una respuesta legítima a nuestra historia actual. Tal vez sea el primer año sin un ser querido, o quizás el balance de fin de año arroja resultados que duelen.
Validar la experiencia de los demás es igual de crucial. A menudo, con la intención de “animar” a alguien que está triste, le decimos frases como: ¡Dale, poné una sonrisa que es Navidad! o No estés así, hay que celebrar. Aunque nacen del cariño, estas frases invalidan el sentir del otro y generan culpa. Lo más sanador es ofrecer presencia sin exigencias: “Entiendo que hoy sea un día difícil para vos, estoy acá para lo que necesites”, aconsejó el psicólogo.
¿Qué podemos hacer para transitar las Fiestas?
“Si sentemos que el espíritu navideño te sobrepasa o te genera angustia, estos consejos pueden ayudarte a gestionar la jornada:
-Ajustar las expectativas: No busques la cena perfecta de las películas. Aceptá las reuniones familiares con sus matices, sus silencios y sus imperfecciones. Bajá la vara de la exigencia personal.
-Gestionar el tiempo de socialización: No es obligatorio quedarse hasta el final de la fiesta si te sentís agotado emocionalmente. Podés pactar con vos mismo (o con tu pareja/familia) una hora de retirada. Poner límites es una forma de autocuidado.
-Crear nuevos rituales: Si las tradiciones viejas duelen demasiado (por una ausencia, por ejemplo), intentá crear un gesto nuevo. Encender una vela en silencio, dar un paseo breve o simplemente cambiar el menú puede ayudar a desmarcarse del peso de la nostalgia.
-Desconexión digital: Si mirar las fotos de celebraciones ajenas en redes sociales te hace sentir mal o te lleva a comparaciones odiosas, desconectate. El “mundo ideal” de Instagram es un recorte editado que rara vez refleja la complejidad humana”.
El valor de la empatía silenciosa
“En la mesa de Nochebuena, no todos están en la misma sintonía. Hay quienes usan la alegría como escudo y quienes no pueden evitar que la tristeza se asome. El mejor regalo que podemos ofrecer en estas fechas no viene envuelto en papel brillante: es la comprensión”, argumenta Ceberio.
“Si ves a alguien retraído en estas Fiestas, no lo presiones para que hable o se divierta. Acompañá desde el respeto. A veces, permitir que el otro simplemente ‘esté’, sin pedirle que ‘brille’, es el acto de amor más profundo”, agregó.
Recordemos que las Fiestas pasarán, y que no estar bien no define tu valor ni tu futuro. Mañana será otro día y la presión de la “felicidad obligatoria” empezará a disiparse, devolviéndonos el derecho a habitar nuestras emociones con la libertad que merecemos.
El profesional estuvo en Cada Día, mirá la nota