El montañismo es una de las actividades físicas más exigentes y gratificantes, pero requiere una preparación que va mucho más allá de la voluntad. Incluso con un buen estado físico, la altitud impone condiciones extremas al organismo. Descubrí la importancia de los exámenes especializados.
El ascenso a una montaña no es simplemente una caminata con pendiente; el montañismo es un desafío biológico. A medida que ganamos altura, la presión atmosférica disminuye y, con ella, la disponibilidad de oxígeno. “Este fenómeno, conocido como hipoxia, somete a todos los sistemas del cuerpo a un esfuerzo extraordinario. Por ello, la premisa fundamental es clara: estar sano no es lo mismo que estar apto para la montaña”, dispara el médico deportólogo Pablo Gastaldi.
-¿Qué tenemos que tener en cuenta a la hora de hacer un control?
“Es común que los entusiastas del senderismo confíen en un chequeo clínico de rutina. Sin embargo, un análisis de sangre estándar o un electrocardiograma de reposo que ‘den bien’ no garantizan que el corazón o los pulmones respondan adecuadamente a 3.000 o 5.000 metros de altura.
La medicina de montaña es una especialidad que evalúa variables específicas. Un médico deportólogo o un especialista en montaña realizará pruebas de esfuerzo (ergometrías) para observar la respuesta cardiovascular bajo carga, ecografías para evaluar la función pulmonar y análisis de la capacidad de transporte de oxígeno. Estos profesionales pueden detectar condiciones preexistentes, a veces silenciosas a nivel del mar, que se manifiestan de forma agresiva ante la falta de oxígeno. Es fundamental si se quiere subir cerros altos o montañas, y si se principiante, realizar los chequeos adecuados, con los profesionales pertinentes.
-¿Qué es una descompensación multiorgánica?
Uno de los mayores riesgos en el montañismo es ignorar las señales de alerta del cuerpo, lo que puede derivar en una descompensación multiorgánica. Este cuadro es una falla sistémica donde dos o más órganos (como los riñones, los pulmones o el corazón) dejan de funcionar correctamente de forma simultánea.
En la montaña, esto suele ocurrir debido a una hipoxia severa no tratada. Si el cuerpo no logra adaptarse (aclimatarse), puede producirse un edema pulmonar o cerebral. Cuando el sistema respiratorio falla, el oxígeno deja de llegar al resto de los tejidos, provocando una cascada de fallos que puede ser fatal en cuestión de horas si no se inicia un descenso inmediato.
Consejos preventivos para una ascensión segura
Para que la experiencia sea un éxito y no una emergencia, la concientización es el primer paso:
- Aclimatación gradual: La regla de oro es “subir alto, dormir bajo”. El cuerpo necesita tiempo para fabricar más glóbulos rojos. Forzar el ritmo es la causa principal del mal agudo de montaña.
- Entrenamiento específico: No basta con correr; es necesario realizar entrenamientos de fuerza y resistencia cardiovascular que simulen la carga que se llevará en la mochila.
- Hidratación y nutrición: En la altura, la sensación de sed disminuye, pero la deshidratación aumenta por la respiración agitada y el aire seco. Beber agua constantemente es vital para la viscosidad de la sangre.
- Conocer los límites: El síntoma más peligroso en la montaña es la negación. Un dolor de cabeza persistente, náuseas o fatiga extrema son órdenes del cuerpo para detenerse o bajar.
Respeto por la cumbre
“Subir una montaña implica un compromiso ético con uno mismo y con el grupo. La preparación médica especializada y la humildad para reconocer los propios límites son las herramientas más valiosas que cualquier montañista puede cargar en su mochila. La montaña siempre estará allí; lo importante es regresar para poder contar la historia”, concluyó el profesional.
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