Al llegar diciembre, la presión por evaluar éxitos y fracasos suele generar más ansiedad que claridad. Frente a los balances tradicionales que se enfocan en lo que falta, surge una propuesta superadora: el registro diario de lo positivo. Descubrí cómo lidiar con la memoria cortoplacista.
Diciembre suele presentarse como el mes del juicio final personal. La palabra “balance” resuena en cada rincón, obligándonos a mirar una lista de propósitos escrita meses atrás y a marcar con cruces rojas todo aquello que quedó pendiente. Sin embargo, este ejercicio anual suele ser injusto y, a menudo, engañoso. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer lo avanzado y nos resulta tan fácil castigarnos por lo incumplido? La respuesta no está solo en nuestra exigencia, sino en el funcionamiento mismo de nuestra biología, y el ejercicio de la gratitud.
La trampa de la memoria cortoplacista
La ciencia ha demostrado que el cerebro humano posee un marcado “sesgo de negatividad”. Por una cuestión de supervivencia evolutiva, nuestra mente está diseñada para detectar y retener con mayor fuerza las amenazas, los errores y las experiencias desagradables. “En contraste, los momentos de bienestar, los pequeños logros cotidianos o los gestos de amabilidad suelen ser procesados por una memoria más volátil y cortoplacista”, detalla la licenciada en psicología Vanesa Elías.
“Cuando nos sentamos el 31 de diciembre a hacer un balance ‘de memoria’, lo más probable es que nuestra mente nos devuelva un inventario de los últimos problemas del mes o de los grandes proyectos que no llegaron a concretarse. Los cientos de momentos luminosos que ocurrieron en marzo, julio u octubre se pierden en la nebulosa del olvido, simplemente porque no los registramos en su momento, y eso es injusto y inexacto para con nosotros mismos. Hay que lograr modificar ese chip”, argumentó Elías.
-¿Qué podemos hacer?
En mi consultorio suelo hacer para mis pacientes (y yo misma lo hago) un cuaderno de gratitud. Frente a la tiranía del balance tradicional, la propuesta es cambiar el juicio por el registro. La idea es simple pero transformadora: llevar un cuaderno de gratitud a lo largo de los meses. Este ejercicio no consiste en ignorar los problemas, sino en entrenar la mirada para detectar lo bueno que sucede cada día. Escribir al menos una o dos cosas por las que estamos agradecidos antes de dormir —desde un café compartido con un amigo hasta la satisfacción de haber terminado una tarea pendiente— crea un archivo tangible de nuestra realidad.
¿Por qué leerlo a fin de año es revelador?
Llegar a la última semana de diciembre y releer las páginas de este cuaderno permite:
-Contactar con lo positivo logrado: Al leer los detalles, nos damos cuenta de que el año fue mucho más rico de lo que nuestra memoria actual nos permite recordar.
-Redimensionar los problemas: Ver escritos los desafíos que enfrentamos hace meses y que hoy ya están resueltos nos brinda una perspectiva de resiliencia y capacidad de superación.
-Visualizar el progreso real: A veces los logros no son grandes hitos (como un ascenso o un viaje), sino victorias silenciosas en nuestro carácter, en nuestra paciencia o en nuestras relaciones.
Aprender a mirar para decidir mejor
El balance “del sí o el no” suele ser dicotómico y paralizante. “En cambio, el proceso de gratitud es acumulativo y expansivo. Al darnos cuenta, mediante la lectura de nuestro propio registro, de todo lo que sí sucedió, bajamos los niveles de cortisol asociados al estrés de lo que falta y activamos la dopamina y la serotonina vinculadas al bienestar. Este fin de año, el desafío no es juzgar los últimos doce meses bajo la lupa de la perfección, sino redescubrirlos a través de la gratitud. No se trata de cuántas metas alcanzaste, sino de cuánta vida fuiste capaz de apreciar mientras caminabas hacia ellas”, aconsejó la profesional.
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