Gladys Ravalle: La flor de la cultura

Gladys Ravalle: La flor de la cultura

Su partida ya la convirtió en leyenda, la gran actriz, directora y maestra, deja su alegría impregnada en su legado artístico.

Por: Marina Correa

Toda persona que pudo intercambiar un diálogo (ni hablar con quienes la conocieron) con Gladys Ravalle, sabe que hacía honor al significado de su nombre: “la que es alegre”. Y es que para ella el humor, era ese condimento con el cual se vestía para andar por la vida. También con el cuál hizo una resiliencia permanente de una vida que no fue fácil, pero que vivió con pasión y que la convirtió en arte permanente, de ese que muchos afortunados disfrutamos.

Cuando cumplió 53 años dialogué con ella en un hotel céntrico, lo que iba a ser una pequeña entrevista se convirtió en una tarde de esas que una no quiere que se terminen, tomamos té y se detuvo mucho en su niñez. “Deseaba muchísimo pilotear un avión, pero también ser trapecista”, contaba con esa picardía donde sus maravillosos ojos llenos de picardía eran una invitación a sonreír. Sí, ella invitaba a sonreír, “de chiquita me tiraba de una orilla a la otra del zanjón (vivía a San Rafael) agarrada de las ramas de un sauce, estaba convencida que era Gina Lollobrigida (la super estrella italiana que ella tanto admiró).

Y sí, Gladys “la que es alegre”, tuvo una niñez muy austera, pero colmada de canciones y alegría. “Mamá era una mujer que cantaba todo el día, trabajaba mucho en el negocio familiar, cultivaba la huerta, criaba animales y además era modista. Tengo una foto imaginaria donde me veo muy chiquita debajo de un tablero de trabajo. Mientras ella descartaba retazos de telas, yo los tomaba para vestir mi muñeca y además juntas escuchábamos radioteatro. Como te imaginarás, vestía a las muñecas con trajes de divas como las que veía en el cine. Mamá me contó que la primera vez que me senté derecha fue en una butaca de cine, la costumbre de ver cine la tengo hasta hoy. Creo no pasa un día en mi vida sin que vea una película”, decía la mujer del pelo rojo, la mujer que con su sola presencia marcaba ese halo que tienen las divas. Ojalá alguien se lo haya dicho, ella tenía esa impronta no solo de su admirada Gina Lollobrigida, sino de Rita Hayworth, de Olga Zubarry de Tita Merello, era una gran diva.

Mamá

La abuela de Gladys había llegado en un barco de Sicilia en 1917, escapando de la primera guerra mundial, esa figura fue muy importante en su vida, ella conservaba el anillo que su nona como un tesoro. Y también fue imprescindible en su formación su madre, pudo ver que su hija “brillaba”, vió que a su carisma había que pulirlo con formación, por eso la llevó a estudiar danzas clásicas con tan solo 5 años. Luego le siguió el estudio de piano, claro no tenían plata para adquirir uno, entonces “en una maderita me dibujé las teclas del piano para practicar” Gladys era millonaria en tenacidad.

“Cuando mis padres se separaron nos vinimos con mi hermano y mi mamá desde San Rafael a Guaymallén, fue duro, todavía no salía de la secundaria y ya daba clase a chichos para pagarme los libros. Prácticamente dormía cuatro horas entre el estudio (en bellas artes) y el trabajo, pero si no lo hacía alguien se quedaba sin comer o yo sin estudiar y eso no me lo hubiese permitido nunca”, contaba Gladys con esa capacidad de narración que inmediatamente dibujaba imágenes en el interlocutor.

 

En 1961 a sus 19 años su vida cambiaría para siempre, no porque fue electa reina del departamento de Guaymallén, donde le quedó el título eterno de “la flor de Guaymallén” luego que le regalaran esa serenata, que luego por años se la siguió cantando Pocho Sosa. Su vida empezó un giro aquél 8 de junio de 1961 cuando subió por primera vez a un escenario, con la obra “cuando los hijos se van”.  Todo fue parte de un azar predestinado, ella estudiaba bellas artes y en el patio de su casa practicaban junto a su “barra de amigos integrada entre otros por “Alfredo Ceverino, Ángel Gil, Antonio Sarelli, Sara Rosales y Raúl Castromán”. Un día, un hombre muy petisito (Joaquín Peña) que pasaba siempre por ahí le llamó tanto la atención sus risas que los invitó a ser parte de una obra. Gladys aceptó entonces en el afiche de promoción figuraba, “con la participación especial de la reina de Guaymallén”.

Luego llegó el amor, el enorme amor, y se enamoró de una recordada también leyenda del teatro, Cristóbal Arnold, por él dejó la danza, pintura, y solo llenó de amor y teatro (para ella un sinónimo) su vida. Llegó la dictadura y junto a Cristóbal desafiaron la muerte, corriendo con una camioneta por gran parte del país con un teatro itinerante, actuaban en cualquier lugar donde algún corajudo o corajuda se animara a recibirlos. Ella hasta vendía medias para sobrevivir. En uno de esos tantos viajes, parió a su único hijo, su amado hijo que hasta su último suspiro la acompañó, el actor, director y dramaturgo, Juan Cristóbal Comotti.

Colores

Fundadora de más de 14 salas teatrales (entre ellas el Teatro “Julio Quintanilla”), ha representado más de 100 obras teatrales, ha participado en televisión, radio, creadora del “Teatro Goethe” cuna de grandes actores y directores. Entre ellos su propio hijo Juan Comotti,  Alicia Casares, Diana Wol, Darío Anís, Marcelo Lacerna, Víctor Arrojo, Sandra Viggiani, Pablo Flores, Miguel Calderón, Gustavo Casanova, Hernán Cruz, Silvia del Castillo, Darío Keim y Alejandro Manzano.

Una de sus últimas grandes distinciones, fue ser declarada embajadora cultural de Mendoza, pero también ya Guaymallén la había considerado “ciudadana ilustre”, fue ganadora de premios como el Podestá, el Siglo XXI, Leone D Oro, Los Hacedores, “Premio Especial a la Trayectoria” en el marco del festival nacional de teatro en Córdoba, pero su premio mayor eran los aplausos. Y los recibió los ganó en cada presentación.

Su despedida fue lógicamente fue en la “Enkosala” fundada por su hijo, que lleva el nombre de Gladys. Él expresamente pidió que ese momento fuera una fiesta, “festejaremos con un gran aplauso bailando y cantando, si tenés un instrumento tráelo y vení lo más colorido que puedas” y es que como su hijo decía la vida de Gladys era una invitación constante a vivirla sin nostalgias.

Dicen que no hay casualidades y Gladys se va en plena “Fiesta Provincial del Teatro” (que termina este domingo 30) como si cerrara una puerta imaginaria concluyendo una función. Seguro se va observando los aplausos, se va sonriendo, se va segura de que ya escribió una página imborrable en el podio de las grandes actrices de esta tierra. Serás eterna Gladys, nuestra flor de la cultura.

 

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