Errores no asumidos, la trampa del ego

Errores no asumidos, la trampa del ego

Culpar al otro es la vía rápida para proteger al ego. La psicología sistémica explica por parte de qué mecanismos evitamos la autocrítica, y ofrece claves para construir conversaciones verdaderamente maduras y constructivas.

Ante una discusión con una pareja, un amigo o un compañero de trabajo, la reacción automática suele ser buscar un responsable externo. “Reaccioné mal porque me provocó”, “Llegué tarde porque el tránsito era insoportable” o “El proyecto falló porque el equipo no se comprometió” son frases habituales del repertorio defensivo. Señalar hacia afuera resulta infinitamente más sencillo que mirar hacia adentro; sin embargo, esta ceguera relacional empobrece los vínculos e impide cualquier tipo de crecimiento personal.

La trampa del ego y la comodidad de ser la víctima

El psicólogo sistémico Marcelo Ceberio sostiene que “las personas prefieren señalar y culpar al otro antes que detenerse a analizar su propia cuota de participación en el conflicto. Cuestionarse y preguntarse seriamente qué conducta propia pudo haber generado la molestia o la reacción del entorno exige un nivel de madurez que no siempre se está dispuesto a ejercer.

Al depositar la culpa en un tercero, la persona se coloca en una posición de supuesta inocencia o victimización que la exime de revisar sus contradicciones. Sin embargo, en cualquier sistema relacional —sea una pareja, una familia o un grupo de trabajo— no existen conductas aisladas: siempre hay una circularidad, una dinámica de ida y vuelta donde las acciones de uno gatillan las respuestas del otro y viceversa. Negar esa interacción es negar la complejidad de la convivencia.

Claves para hacerse cargo

Asumir la responsabilidad de los propios actos no significa cargar con la culpa de todo lo sucedido, sino reconocer la parte que nos corresponde en la ecuación. Para romper el circuito de la acusación y construir diálogos auténticos, se pueden aplicar las siguientes pautas:

  • Desactivar la reacción automática: Ante una señal de conflicto o enojo, hacer una pausa antes de defenderse o atacar. El primer impulso suele estar dominado por la necesidad de tener razón, no de resolver el problema.

  • Cambiar el “Por qué reaccionaste así” por el “Qué generé en vos”: En lugar de juzgar la emoción ajena, vale la pena preguntarse qué actitud, palabra o silencio propio pudo haber gatillado la molestia del otro.

  • Hablar en primera persona: Sustituir frases acusatorias (“Vos siempre me hacés lo mismo”) por expresiones centradas en la vivencia individual (“Me sentí incómodo cuando pasó tal cosa”). Esto reduce la postura defensiva del interlocutor.

  • Diferenciar responsabilidad de culpabilidad: La culpa paraliza y castiga; la responsabilidad invita a la acción, a la reparación del daño y al cambio de conducta de cara al futuro.

  • Practicar la escucha activa y la validación: Permitir que el otro exprese su malestar sin interrumpir para justificar las intenciones. Aceptar que la percepción ajena es válida abre la puerta a un intercambio enriquecedor.

“Aceptar los errores propios y registrar el impacto de nuestras acciones en los demás no es un signo de debilidad, sino de fortaleza emocional. Cuando ambas partes se animan a abandonar el cómodo rol de acusadores, la comunicación deja de ser un terreno de batalla para convertirse en un puente hacia la comprensión mutua”, argumentó Ceberio.

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