El hijo preferido: una verdad multicausal

El hijo preferido: una verdad multicausal

El favoritismo existe, es más común de lo que se admite y no siempre nace de una falta de afecto. Desde la intensidad de un hijo que costó concebir hasta la etapa vital en la que los padres reciben a cada niño, son diversos factores que determinan que la balanza se incline sutilmente.

“A todos mis hijos los quiero por igual” es la frase de cabecera en cualquier hogar, pero la ciencia y la psicología sugieren una realidad distinta. “El favoritismo existe, es más común de lo que se admite y no siempre nace de una falta de afecto”, apunta el psicplogo Marcelo Ceberio.

Distintos elementos determinan que la balanza se incline sutilmente hacia uno de ellos. Entender este fenómeno es el primer paso para evitar que las etiquetas dañen el tejido emocional de la familia.

“En el imaginario colectivo, admitir que se siente una afinidad especial por uno de los hijos se vive como un fracaso moral. Sin embargo, diversos estudios sociológicos indican que hasta el 70% de los padres muestran una preferencia, aunque sea inconsciente. La primera gran distinción que debemos hacer es que el favoritismo no es sinónimo de falta de amor. Se puede amar profundamente a todos los hijos, pero disfrutar más de la compañía de uno o sentir una empatía más fluida con otro”.

-¿Por qué ocurre? 

“El favoritismo rara vez es arbitrario. A menudo, se basa en la proyección: elegimos al hijo que más se parece a nosotros (o al que tiene las cualidades que nos gustaría haber tenido). También influye la ‘facilidad’ del temperamento; un niño dócil y tranquilo suele generar menos fricción que uno con carácter desafiante, facilitando una conexión más relajada”.

-¿Qué factores externos y contextuales son determinantes?

-El hijo “milagro” o deseado: Cuando un niño llega después de años de tratamientos de fertilidad, pérdidas previas o una búsqueda angustiante, se carga sobre él una inversión emocional desproporcionada. Ese hijo es el símbolo de una victoria, lo que puede generar una sobreprotección o un lugar de privilegio difícil de igualar para los hermanos que llegaron con mayor facilidad.

-La edad de los padres y el momento vital: No somos los mismos padres a los 20 que a los 40. Un hijo que llega en la década de los 20 suele encontrar a padres con más energía física pero quizás más estrés económico y profesional. El hijo que llega en la década de los 40 suele encontrarse con padres más estables, pacientes y con una perspectiva de la vida más pausada. Esa diferencia en la “madurez de la crianza” hace que el vínculo sea distinto, a menudo más permisivo con el más pequeño.

Sensaciones: El peso de ser el “elegido” y el “olvidado”

“El favoritismo tiene consecuencias para ambos lados. El hijo que no se siente preferido puede crecer con una sensación de insuficiencia, buscando constantemente la validación externa o desarrollando un resentimiento silencioso hacia sus padres y hermanos.

Curiosamente, el ‘preferido’ también sufre. El peso de las expectativas es enorme; siente que no puede fallar, que debe mantener ese estatus de perfección para no decepcionar a sus padres. Esto puede generar personalidades ansiosas o dependientes de la aprobación ajena”, argumenta el psicólogo.

-¿Cómo gestionar esta realidad?

La negación es el peor enemigo. Si un padre nota que tiene una inclinación mayor hacia un hijo, debe:

  • Evitar las comparaciones: Nunca usar las virtudes del preferido para resaltar las fallas del otro.
  • Buscar tiempo individual: Dedicar momentos exclusivos a cada hijo, haciendo actividades que se ajusten a la personalidad de cada uno. Esto valida su individualidad.
  • Ser objetivo: Analizar si estamos siendo más severos con uno por reflejar nuestros propios defectos.

“El objetivo no debería ser amar a todos por igual —porque cada hijo es un universo distinto— sino amar a cada uno como necesita ser amado. Admitir que existe una afinidad distinta con cada hijo permite a los padres trabajar de manera más consciente en sus vínculos, transformando el tabú del ‘favorito’ en una oportunidad para construir relaciones más honestas, equilibradas y libres de culpas”, concluyó Ceberio.

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