¿Viajar en tren producía locura? ¿Perdimos un continente? Y muchas otras creencias.
A medida que fue evolucionando el mundo algunas creencias pasaron al olvido. Copérnico y Galileo plantearon que el mundo es redondo pero algunos todavía hoy lo discuten. ¿Pasará lo mismo con estas insólitas teorías?
La leche materna es sangre coagulada de la menstruación
Esta extraña creencia se originó en la antigua Grecia y se prolongó hasta la época medieval, a pesar de que la leche y la sangre no se parecen mucho.
Aristóteles, el filósofo griego, afirmaba que la leche materna era sangre que “se había calentado, coagulado y blanqueado con aire caliente“.
Que se podían curar enfermedades con un enema de tabaco
En el siglo XVIII se usaban enemas con humo de tabaco para tratar muchas dolencias, incluyendo dolores de cabeza, de estómago e incluso la muerte.
Que los espíritus malignos se ocultan en las coles de Bruselas
En la Bretaña medieval se creía que entre las hojas de las coles (una verdura similar al repollo) pequeñas y grandes se ocultaban minúsculos demonios malignos.
Algunos bebés eran niños cambiados por hadas
La gente en el medievo también creía que a veces las hadas secuestraban bebés y dejaban otros “falsos” en su lugar. Una de las formas de saber si tu bebé era uno de estos cambiados era llamar su atención y a continuación meter un zapato en un plato de sopa.
Si se reía, significaba que había entendido la broma, así que era un hada…porque los bebés nunca se ríen de las cosas que pasan sin motivo.
Viajar en tren podía provocar locura instantánea
Los viajes en tren se popularizaron mucho entre 1850 y 1860, aunque al mismo tiempo generaban una gran desconfianza debido a las “altas velocidades” que presentaban.
Se creía que el traqueteo y movimiento de los trenes “dañaban al cerebro”, volviendo loca a la gente y destrozando los nervios de los maquinistas, haciendo que se tiraran del tren en un ataque de locura.
Las brujas robaban penes y se los quedaban como mascotas
En la famosa guía Malleus Maleficarum del siglo XV para cazar brujas se describía la habilidad de las brujas para hacer desaparecer los penes de los hombres. Las brujas guardaban después esos penes cortados en nidos y les daban de comer copos de avena, como si fueran caballitos venosos.
Se podía curar la depresión y la ansiedad clavándole a alguien un pica hielos en la cuenca de los ojos
Esta repugnante cirugía la inventó en 1946, Walter Freeman, que creía que la mejor cura para la enfermedad mental era coger un pica hielos, clavárselo al paciente en la cuenca de los ojos y removerlo de un lado a otro para separar las “zonas emocionales” del resto del cerebro.
Este brutal procedimiento parecía funcionar algunas veces, aunque por lo general provocaba hemorragias cerebrales, parálisis y discapacidad permanente.
Habíamos perdido un continente completo llamado Mu
A finales del siglo XIX, un arqueólogo entusiasta pero completamente equivocado, llamado Augustus Le Plongeon, escribió un tratado afirmando que en realidad la civilización maya había tenido su origen en un continente perdido llamado Mu.
Afirmaba también que el antiguo Egipto había sido fundado por un refugiado de Mu.
Beber la sangre de un gladiador curaba la epilepsia
Antiguos escritores romanos decían que estaba probado que beber la sangre de un gladiador muerto (o comerse su hígado) curaba la epilepsia. Plinio, en su historia natural, escribió que: “los epilépticos incluso se beben la sangre de los gladiadores de copas vivas, por así decirlo”.
Los que sufren epilepsia creen que esta es la cura más eficaz contra su enfermedad: absorber la sangre caliente de una persona cuando todavía respira.
Las mujeres podían matar enjambres de abejas cuando tenían la menstruación
Plinio afirmaba también que las mujeres, cuando tenían la menstruación, eran fuerzas peligrosas a las que había que respetar, y tenían la capacidad de maldecir a las plantas, apagar el “brillo de los espejos”, volver locos a los perros y matar enjambres de abejas, además de oxidar el hierro y despuntar cuchillas de acero.
Los espermatozoides eran pequeños hombres
El preformacionismo era otra de las teorías de Aristóteles. Afirmaba que dentro de cada espermatozoide humano se escondía una persona diminuta, y que dentro de esa persona diminuta había más espermatozoides con forma humana.
No solo eso, sino que también creía que solo hacía falta este esperma embrionario para
crear vida: la mujer era solamente el horno, y el bebé que nacía tenía las características del hombre al 100%.
Pelirrojos se convertían en vampiros después de muertos
En Europa del siglo XI se creía que cualquier niño que naciera “diferente” (es decir, pelirrojo, con ojos de un color raro o con labio leporino) corría el riesgo de convertirse en vampiro después de muerto.
En Polonia, los niños que nacían con mesenterio (una membrana que cubre el rostro de los recién nacidos en el parto) estaban sin ninguna duda destinados a convertirse en vampiros.
California era una isla
Los colonos y los exploradores estuvieron convenidos de que California era una isla. La idea se empezó a formar en el siglo XVI, aunque al ir avanzando las exploraciones se pudo pronto demostrar que era una península y no una isla.
Pero parece que nadie le dio esta información a los cartógrafos, así que se siguió representándo como una isla hasta más o menos el siglo XIX.
Los ojos emiten rayos de luz invisible
El antiguo filósofo griego Platón creía que podemos ver gracias a que nuestros ojos generan unos rayos invisibles que nos transmiten información sobre los objetos que tocan. Se creía que cuando dos personas se miran una a otra, los rayos de sus ojos se “entrelazaban”.
La ginebra curaba la indigestión
El uso que tenía la ginebra en su origen era medicinal: se creía que curaba la indigestión. Y la verdad es que era justo al contrario.
En el siglo XVIII la ginebra tenía una graduación del 80% más o menos, se diluía con aguarrás y ácido sulfúrico y se aderezaba con enormes cantidades de alcohol para disimular el sabor.
Un toro que tenía los excrementos ácidos
Se llamaba “bonnacon” y los pintores medievales lo representaban como un toro con los cuernos curvados hacia dentro. Como los cuernos no le servían para nada, se decía que se defendía de sus atacantes lanzando grandes cantidades de ardientes heces ácidas, calcinando así a cualquiera que se le pusiera detrás.
