Cuando ser demasiado bueno  puede convertirse en un problema

Cuando ser demasiado bueno puede convertirse en un problema

La psicología advierte que la entrega sin límites puede derivar en agotamiento, vínculos desbalanceados y pérdida de amor propio. Expertos señalan que la clave está en aprender a poner límites sin dejar de lado la empatía.

En una entrevista en Cada Tarde, el psicólogo Jorge Omar Domínguez analizó el fenómeno de las personas que se muestran siempre disponibles para los demás. Según explicó, la bondad deja de ser virtud cuando genera sufrimiento y vacío existencial. “Poder ser bueno, pero no ser boludo”, resumió, aludiendo a la necesidad de diferenciar la solidaridad genuina de la auto‑anulación.

La empatía es parte de nuestra biología: las neuronas espejo nos predisponen a compartir y cuidar, un rasgo que históricamente permitió la supervivencia. Sin embargo, esa predisposición puede volverse en contra cuando se confunde cooperación con abnegación. “El hecho de existir ya te hace valioso, no tenés que demostrar nada”, subrayó Domínguez, al remarcar que muchas personas creen que solo valen en la medida en que son útiles.

El problema aparece cuando la disponibilidad se convierte en norma. Quienes nunca dicen que no suelen atraer vínculos que demandan sin dar, lo que deriva en agotamiento emocional, resentimiento y sensación de vacío. Además, estas personas suelen tener una “alergia al conflicto”: evitan discusiones, callan sus necesidades y terminan rodeadas de individuos que se aprovechan de su predisposición.

El psicólogo español Xavier Guix, autor de El problema de ser demasiado bueno, sostiene que la “mala bondad” nace de un exceso de deber y la búsqueda de aprobación. Según Guix, estas personas terminan viviendo la vida que otros quieren, no la propia. La neurocientífica Nazareth Castellanos agrega que el autocuidado es inseparable de la bondad: “Cuando empezás a cuidarte de verdad, empezás a poner límites”.


Desde la infancia se inculca la idea de ser “el mejor compañero”, asociando bondad con aceptación social. Pero cuando la abnegación se convierte en mandato, el sujeto deja de registrar sus propias necesidades. Dar más de lo que uno puede lleva a enfermarse, endeudarse o quedar atrapado en relaciones tóxicas.

Domínguez advierte que incluso la bondad puede disfrazar un afán de control, especialmente en parejas donde el cuidado se convierte en vigilancia. En esos casos, la ayuda deja de ser genuina y se transforma en un mecanismo de dominación.

La conclusión es clara: se puede ser bueno sin perder autenticidad. La bondad auténtica implica ayudar, pero también saber decir “no”, acompañar sin anularse y respetar los propios deseos. El desafío está en derribar mandatos rígidos y construir vínculos donde la empatía conviva con el autocuidado.

 

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