Los graves incidentes entre hinchas de Independiente y Universidad de Chile durante un partido de Copa Sudamericana reabren el debate. Especialistas analizan las causas sociales y emocionales detrás de estas conductas, y proponen estrategias para prevenir agresiones en los estadios y construir una cultura deportiva más respetuosa.
El partido entre Independiente y Universidad de Chile, disputado en el estadio Libertadores de América-Ricardo Bochini, terminó en una noche de caos y violencia que obligó a suspender el encuentro por falta de garantías. Lo que debía ser una celebración deportiva por los octavos de final de la Copa Sudamericana se transformó en una escena de enfrentamientos, heridos y descontrol total. El encuentro estaba 1-1 cuando, a los tres minutos del segundo tiempo, el árbitro uruguayo Gustavo Tejera decidió frenar el partido ante la escalada de agresiones entre las hinchadas.
Según el reporte oficial del Hospital Fiorito, al menos 12 personas resultaron heridas, una de ellas en estado crítico tras caer desde gran altura al intentar escapar de una golpiza. El presidente de Universidad de Chile, Michael Clark, confirmó que varios simpatizantes sufrieron puñaladas, politraumatismos y cortes en la cabeza, mientras que otros fueron golpeados y desnudados por integrantes de la barra de Independiente. La Conmebol aún no definió cómo se resolverá el pase a cuartos de final, pero el foco está puesto en la gravedad de los incidentes.
Para la psicóloga deportiva Mariana Galli, el problema no es la pasión futbolera, sino su forma de expresión. “Cuando el equipo se convierte en el único espacio de identidad, cualquier amenaza se vive como una agresión personal. Esa fusión emocional con los colores puede justificar conductas violentas”, advierte. El fenómeno se agrava cuando hay ausencia de contención institucional y fallas en los operativos de seguridad, como ocurrió en Avellaneda.
El sociólogo deportivo Ariel Scher sostiene que la violencia en el fútbol no es espontánea, sino producto de una cultura que la tolera. “Hay una narrativa que glorifica la barra brava, que naturaliza el odio al rival y que convierte el estadio en un campo de batalla simbólico. Para revertir eso, necesitamos educación emocional, compromiso político y responsabilidad comunicacional”, afirma. En ese sentido, clubes, medios y escuelas tienen un rol clave en construir una cultura del respeto.
Algunos clubes ya comenzaron a trabajar en esa dirección. River Plate impulsa el programa “Tribuna sin violencia”, con talleres para adolescentes y campañas en redes sociales. Boca Juniors lanzó “Pasión sin agresión”, una iniciativa que incluye capacitaciones para líderes barriales y contenidos educativos en sus plataformas digitales. Estas experiencias demuestran que es posible vivir el fanatismo futbolero sin caer en la violencia.
También es urgente revisar el rol de los medios. La cobertura sensacionalista, los relatos que exaltan la rivalidad y los discursos que glorifican el enfrentamiento refuerzan estereotipos peligrosos. Promover narrativas que humanicen al rival, que celebren el juego limpio y que visibilicen historias de hinchas pacíficos puede ser parte de la solución. La información no debe alimentar el odio, sino contribuir a desactivarlo.
El desafío no es apagar la pasión, sino transformarla en cultura. El fútbol puede ser una herramienta de identidad, alegría y comunidad. Pero para que eso ocurra, es necesario desactivar los mecanismos que convierten la emoción en violencia. Porque cuando el fanatismo se vuelve agresión, pierde el juego que más importa: el de la convivencia.