“Es sacrificado, hay que estar acá arriba”: en el Día del Colectivero, choferes mendocinos cuentan cómo es trabajar detrás del volante

“Es sacrificado, hay que estar acá arriba”: en el Día del Colectivero, choferes mendocinos cuentan cómo es trabajar detrás del volante

Mendoza

Cada día, miles de mendocinos suben a un colectivo para ir a trabajar, estudiar, hacer un trámite o volver a casa. Detrás de cada recorrido hay un chofer que pasa varias horas al volante, conoce a sus pasajeros habituales y también atraviesa las dificultades propias de un oficio que no siempre es sencillo.

En el Día del Colectivero, la historia de este medio de transporte se mezcla con la de quienes lo manejan y con esas pequeñas situaciones que forman parte de la rutina arriba de una unidad.

El origen del colectivo argentino se remonta a la década de 1920, cuando los taxis comenzaron a buscar una alternativa para competir con el tranvía en Buenos Aires.

El tranvía era un medio de transporte más económico y podía trasladar a una mayor cantidad de pasajeros. Frente a esa situación, un grupo de taxistas comenzó a compartir viajes y a establecer recorridos y paradas fijas.

En un primer momento llevaban a unos cinco pasajeros. Con el tiempo, los vehículos fueron adaptándose para transportar a más personas y aparecieron los primeros recorridos establecidos.

Uno de ellos unía Primera Junta con Floresta, en la Ciudad de Buenos Aires. El viaje tenía un costo de alrededor de 20 centavos y aquel sistema terminó convirtiéndose en el antecedente directo del colectivo que conocemos actualmente.

Así comenzó una modalidad de transporte que con el paso de los años se extendió por todo el país y se convirtió en una parte fundamental de la vida cotidiana de millones de personas.

Para quienes manejan un colectivo, el trabajo no se limita a cumplir un recorrido y respetar los horarios. También implica el contacto permanente con los pasajeros.

Un chofer de colectivo mendocino reconoció que hay jornadas más difíciles que otras, especialmente cuando aumenta el tránsito o viaja una mayor cantidad de personas. Sin embargo, asegura que también se queda con las buenas experiencias que ocurren durante el recorrido.

Entre ellas menciona esas veces en las que un pasajero corre para alcanzar el colectivo y el chofer decide esperarlo. O cuando una persona necesita llegar a su trabajo pero no tiene dinero suficiente para pagar el pasaje.

Somos el primer hola”, resume al explicar una parte que considera importante de su trabajo: saludar, transmitir buena energía y tratar de que el viaje comience de la mejor manera posible, incluso cuando el pasajero no está teniendo un buen día.

Son gestos pequeños que, para quienes están detrás del volante, también forman parte del oficio.

José Luis lleva 20 años como chofer. Para él, se trata de un trabajo sacrificado, pero que también tiene sus recompensas.

“Es sacrificado. Hay que estar acá arriba. Tengo que trabajar. No queda otra”, cuenta sobre una profesión que conoce desde hace dos décadas.

La relación con los pasajeros habituales es uno de los aspectos que más identifica de su rutina. Con el paso del tiempo, hay personas que toman siempre la misma línea y terminan siendo conocidas por los choferes.

Por ahí ya son pasajeros conocidos. Sabés dónde se suben, dónde se bajan”, explica.

Ese conocimiento también genera situaciones que pueden parecer pequeñas, pero que forman parte de la convivencia diaria arriba del colectivo. Como cuando un pasajero se queda dormido y llega el momento de avisarle que debe bajar. “Flaco, te tenés que bajar”, cuenta entre risas sobre una de esas escenas habituales.

El colectivo, aquel invento que comenzó casi como una respuesta de los taxistas al crecimiento del tranvía, terminó convirtiéndose en mucho más que un medio para trasladarse. Es parte de la rutina de las ciudades y también un espacio donde, todos los días, choferes y pasajeros comparten unos minutos de sus vidas.

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