Mientras avanza la investigación por el robo de anestésicos en el Hospital Italiano, cuatro relatos de profesionales revelan cómo el acceso a estas drogas puede derivar en consumos problemáticos.
Mientras la Justicia investiga el caso de faltantes de anestésicos en el Hospital Italiano de Buenos Aires y avanza con medidas como allanamientos en la Asociación de Anestesistas, comenzaron a conocerse testimonios que ponen el foco en otro problema de fondo: el consumo de fentanilo dentro del sistema de salud y cómo es la adicción a las anestesias.
Se trata de relatos en primera persona de trabajadores que atravesaron adicciones a esta sustancia, utilizada habitualmente en cirugías pero con un alto poder adictivo.
“Es una película de terror”, resumió un enfermero con más de 15 años de experiencia. Según contó, el consumo empezó de forma ocasional y terminó siendo diario. “Arranqué con una o dos ampollas y llegué a usar hasta 25 por guardia”, relató.
El acceso, explicó, estaba dentro del propio hospital: “Había ampollas que sobraban y empecé a desviar dosis”.
Las consecuencias fueron graves: “Me desvanecí trabajando, me encontraron en el baño y me desperté en terapia intensiva. No respiraba, me iban a entubar”. También relató episodios fuera del ámbito laboral: “Me he despertado tirado en la calle sin saber dónde estaba”.
Otro profesional de la salud contó que la adicción lo llevó a perder completamente el control. “Muchas veces terminé en un coma farmacológico”, relató. Bajo los efectos del fentanilo, explicó, no podía coordinar ni hablar con claridad: “No armaba una frase, era como estar en estado zombie”. También reconoció errores en su trabajo: “Cometí administraciones erróneas de medicamentos”.
El punto de quiebre llegó en una situación extrema: “Estuve al borde de la muerte y ahí hice el clic. Entendí que no quería seguir así”.
Un kinesiólogo relató cómo comenzó a consumir dentro del ámbito hospitalario. “Le pregunté a una médica qué se sentía y terminé probando. Ella lo sacaba de terapia intensiva”, contó. Con el tiempo, el consumo aumentó y las consecuencias fueron cada vez más graves: “Tuve miedo de morirme dos veces”.
Acerca del acceso a estas sustancias explicó que puede darse dentro del propio sistema: “No se consigue en la calle, sale del hospital”.
Otro trabajador de la salud que hoy se encuentra en recuperación describió un proceso similar: “Empecé con una ampolla y después pasé a diez, quince, veinte. Usaba lo que conseguía”, contó y reconoció que llegó a consumir durante las guardias: “Lo hacía en el baño del hospital. Al principio pensás que lo controlás, pero después ya no”.
También advirtió sobre la dificultad para detectar estos casos: “Muchos de los que consumen son quienes manejan la medicación. Es muy difícil controlar”. Y dejó una frase contundente sobre la gravedad del problema: “He encontrado compañeros muertos en un baño”.
El tema del faltante de anestésicos también generó impacto en Mendoza tras la muerte del médico Alejandro Salazar, en cuyo domicilio se hallaron ampollas de propofol y fentanilo. Ese hallazgo permitió vincular el caso con la investigación en Buenos Aires.
Desde la Asociación de Anestesistas local buscaron llevar tranquilidad y remarcaron que se trata de un hecho aislado. “Son medicamentos de uso habitual en cirugías y se aplican bajo protocolos estrictos”, indicaron.
El referente Karim Canaan sostuvo que la situación “golpeó fuerte” al sector, aunque aclaró que el eje del problema está en las adicciones. “No representa al conjunto de los profesionales”, afirmó.