Luisana Lopilato le dedicó un video a su hijos por sus diez años de vida.
Diez años resumidos sin artificios, en imágenes que hablan por sí solas y palabras que no necesitan exagerar. Luisana Lopilato eligió frenar el vértigo del tiempo para celebrar a Elías, su hijo, junto a Michael Bublé, con un video íntimo que funciona como testimonio y abrazo. No hubo espectáculo ni despliegue: fue un gesto profundo, compartido con quienes entienden el valor de atravesar la vida con sensibilidad y coraje.
El mensaje comienza con una frase que condensa asombro y emoción: “¡Elías! No puedo creer que hoy cumplas 10 años. El tiempo pasó volando y crecés con una luz tan especial que ilumina a toda esta familia”. La dedicatoria no busca impacto, sino verdad. Y eso se percibe desde el primer segundo.
La pantalla se abre con una fecha exacta —21/01/2016— sobre un fondo oscuro. No hay música que guíe la emoción. Solo silencio. Luego, la escena inicial: una sala de hospital, la espera, las manos tomadas. Es una imagen contenida, casi quieta, que sostiene el peso de todo lo que vendrá después.
El video avanza hacia el primer contacto: Luisana besando a su hijo recién nacido. Ojos cerrados, piel con piel, el tiempo suspendido. Acompaña una frase sencilla y reveladora: “Siempre tuviste esa forma tan tuya de observar en silencio, pero con una claridad enorme… entendés todo”. Las palabras aparecen mientras se suceden escenas hogareñas, momentos mínimos, gestos cotidianos.
No hay idealización ni épica forzada. El relato se apoya en lo real: la vida compartida, las miradas, los días comunes que construyen una historia. El homenaje no apunta a la perfección, sino a la autenticidad. A esa verdad simple que, cuando se mira de cerca, resulta profundamente conmovedora.
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Las escenas avanzan con naturalidad. En la cocina, madre e hijo amasan juntos: la harina desparramada sobre la mesa, los moldes esperando su turno. En ese gesto cotidiano se condensa el vínculo, hecho de rutinas compartidas y de una alegría que aparece en lo pequeño. “Qué orgullosa estoy de vos: de lo bueno, dulce y generoso que sos, de lo cool, gracioso y auténtico. ¡Cómo me hacés reír! Te amo, hijo”, continúa el mensaje. Las palabras acompañan las imágenes sin grandilocuencia, apelando únicamente a la pertenencia.
Luego aparece el niño en pijama de Spiderman y anteojos oscuros, mirando a cámara mientras construye su propio personaje. La infancia se muestra sin escenografía ni filtros: el juego como refugio, la libertad de ser, la certeza de estar cuidado. Un beso fuerte en la mejilla de su madre, el gesto exagerado del cariño, la risa que estalla sin necesidad de explicación. “Gracias porque en momentos difíciles fuiste nuestra luz. Gracias por esperar, por escuchar y por amar de una manera tan pura y sincera”, suma la dedicatoria, con una emoción serena.
El recorrido también deja espacio para las pasiones. El estadio, la camiseta blanca con la banda roja y el número 10, el apellido “Bublé” en la espalda. El niño avanza hacia la cancha tomado de la mano de dos adultos, decidido, sin mirar atrás. Más adelante, otra escena íntima: un ensayo musical, Elías frente al teclado, auriculares puestos, los músicos atentos alrededor. Toca sin apuro y sin público, pero con la concentración de quien empieza a descubrir su lugar y sueña, en silencio, con seguir los pasos de su padre. El mensaje final lo resume todo: “Todos te amamos tanto, más de lo que imaginás”.