Parece broma pero padres y madres deben enfrentarse con una etapa, tan linda como compleja. Lo que antes aquellos niños/as amaban hacer y compartir cambia de manera radical, interpelando y desafiando límites. Consejos profesionales para tener en cuenta.
La madre pasa por la habitación de su hija para pedirle por cuarta vez que baje para almorzar. La preadolescente la mira (apenas) con hastío mientras lanza un inaudible “ya voy…”. Algo más importante requiere su atención desde el otro lado del teléfono. La madre la mira contando hasta mil mientras piensa “¿quién es esa adolescente y qué hizo con la nena amorosa a la que le encantaba cada programa que le proponían con su padre?…”. La postal puede cambiar de protagonistas, de contexto, pero lo que se clona es la sensación de padres y madres de no saber qué hacer con esa nueva persona, que dejó el mundo infantil y que entró a la adolescencia. Una etapa tan hermosa como compleja para padres, madres e hijos/as. ¿Por qué compleja? Porque se trata de un duelo, y como todo hay una ausencia que duele.
Duelar la infancia, un proceso necesario
Según apunta la docente y psicopedagoga Mónica Coronado “lo primero que sucede es el duelo por la pérdida del sujeto infantil del niño o niña que te admiraba y era solidario, que era abierto y con el que se podía hablar. Esa figura desaparece y le da paso al adolescente. Es una etapa muy desafiante para padres y madres ya que los enfrenta al sentimiento de duelo. Además les muestra a su propio avance en el proceso de adultez. Algo nada menor. Muchas veces se juntan las crisis de la adolescencia con las de los 40, en donde tenemos una edad madura, ya no somos veinteañeros y nos convertimos en adultos.
-¿Es bueno que el adolescente confronte a los padres?
“Totalmente. Un adolescente sano y normal confronta a los padres, y eso es lo importante. Muchos papás y mamás se sienten de alguna manera ‘traicionados’ por esa nena o nene con el que tuvieron un vínculo amoroso y abierto, ya que de repente esa niña o niño le cierra la puerta en la cara. La sensación para el adulto es de rechazo, y hasta de desvalorización por parte de los chicos. además sufren mucho el hermetismo.
Hay que entender que es una edad de separación de la figura del papá y la mamá. Pero es un proceso saludable. Hay que entender que un adolescente es confrontativo, hermético, tiende a juzgar y es esa mirada la que nos devuelve una autocrítica de lo que somos, lo que hemos hecho y logrado. Por eso al adulto lo moviliza mucho este paso a la adolescencia”.
-¿Podríamos decir que la transgresión entonces es algo postivo?
“Totalmente. El cambio es parte de un proceso que tienen que vivir y frente al cual, los adultos deben mantenerse firmes y mostrar una autoridad ganada, amorosa,y que va al diáologo y la escucha para poder trabajar con determinadas normas básicas. Y acá entramos en los límites. Cuando se habla de límites antes que nada debe existir algo para limitar, que tiene que ver con el deseo del otro de salir, de tener el celular todo el tiempo, de tener determinadas relaciones y salidas y de tener una libertad para la cual todavía no está preparado”.
Esa frontera difícil llamada límite
-¿Qué implica dejar en claro el límite?
“Hay que entender que e límite es como un borde que contiene pero que también aprieta. Por ello es muy difícil para los papá encontrar el balance entre lo que contiene y constriñe. Los adultos entonces tienen que analizar cuál es su posicionamiento frente a este hijo”, fundamente Coronado.
-¿En qué sentido?
Si el adulto pretende ser amigo/a o compinche del adolescente, eso no es un borde que ayude al chico a organizar toda esa turbulencia interna. El límite limita para los dos lados: limita al chico y a la acción del padre y de la madre. Es una frontera en ese sentido, y debe ser clara, debe ser explícito y claro ese límite respecto a lo que queremos que hagan los chicos. A veces enunciamos muy mal las normas que les ponemos a los chicos, y ellos siempre van a encontrar en qué podemos equivocarnos si no somos claros. Son hábiles para encontrar puntos de ruptura entre los propios padres respecto a un tema (por ejemplo cantidad de horas con el celular). Por ello los acuerdos previos y tener las normas claras es tan importante.
Por ejemplo le compro un telefóno, y una de las reglas es que los adultos podamos tener acceso a todas las contraseñas y cantidad de tiempo. El límite es un mensaje de cuidado, de responsabilidad que le damos a los hijos de nosotros como adultos respecto a ellos. El adolescente cree que todo po sabe y todo lo puede, y frente a este sentimiento de poder que tienen a esa edad, tienen a su vez una enorme fragilidad en su autoestima frente a la mirada del otro (aunque parezca una contradicción. Por ello como adultos tenemos que extremar cuidados. La supervisión, el acompañamiento y respeto por sus espacios, pero a su vez las reglas claras. El límite no es sermón, es una regla y hay que entenderlo como tal.
-Muchas personas creen que el límite es prohibición…
“Nada más alejado de la realidad. Tiene que ser enunciado en positivo: por ejemplo ‘Tratá a tu hermano con respeto y no le grites’, en lugar de empezar con la negación de “No le grites a tu hermano’. El límite no es prohibición, tiene una parte del no, porque delimita un territorio ético, pero también orienta hacia valores y esa es su función: orientar a chicos y chicas hacia ciertos valores que uno considera importante como, la solidaridad entre los hermanos, el respeto por el otro, la colaboración en el hogar o la higiene”.
Cuidado con los negociadores “teen”
Siempre van a intentar negociar, `levanto la mesa si…’, pero hay que tener cuidado con las normas que son innegociables. Por ejemplo que se bañen, que nos llamen si están en algún cumpleaños y queremos saber si llegaron bien etrc. Que sepan que tenemos que poder ubicarlos, saber dónde y con quién están y la posibilidad de poder ubicarlos.
– Y los desplantes o enojos groseros?
“Lo más importane y difícil es mantener la calma, ya que irrita esa parte adolescente e irrespetuosa. Pero hablar a los gritos, o pegar un portazo y doblar la apuesta de la discusión no lleva a nungún lado. Hay que mostrar lo que ellos no tienen: el autocontrol. Es proponer ‘más tarde hablamos de esto, ahora no, y hablarlo, pero no con las emociones a flor de piel. Entonces cuando más calmados retomamos el tema, les decimos cómo nos hizo sentir ese desplante, o actitud grosera y porqué no está bien.
Lo más importante es pensar en lo que va a venir después. Una adolescente una vez pasada la etapa de rebeldía y desplantes es lo más amoroso que hay. Hay que aprender a escucharlos, sin sermón cuando nos quieren explicar algo. Nada es sencillo, pero la crianza amorosa puede ver con claridad, más allá de la tormenta, que en determinado momento todo se tranquiliza retroalimentando un vínculo tan hermoso como a la persona que hemos criado”.