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Las heridas pueden ser un caldo de cultivo de miedos, rencores y aislamiento

De alguna forma, con distintos personajes e historias, las religiones, los mitos antiguos de cualquier cultura que haya existido en la tierra, apuntan más o menos a lo mismo: "algo tenemos en nuestro interior que puede surgir": ¿Un dragón destructor de la vida que antes teníamos? ¿Una espada capaz de ser nuestra arma mágica? O, en lenguaje más contemporáneo: ¿Un talento? ¿Un don? ¿Una luz propia a la espera de ser develada?

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Redacción ElNueve.com
11 de junio de 2021 | 17:12

"Lo que no se aprecia, tácitamente se deprecia", lo acabo de escuchar.

De alguna forma, con distintos personajes e historias, las religiones, los mitos antiguos de cualquier cultura que haya existido en la tierra, apuntan más o menos a lo mismo: "Algo tenemos en nuestro interior que puede surgir".

¿Un dragón destructor de la vida que antes teníamos? ¿Una espada capaz de ser nuestra arma mágica? O, en lenguaje más contemporáneo: ¿Un talento? ¿Un don? ¿Una luz propia a la espera de ser develada?

El alma trae un talento y una herida. ¿Cuál es cuál? Parece obvio en un principio; con el tiempo comenzamos a sentir que el proceso de develar duele, a veces tanto que podríamos llegar a confundir la herida con el talento o viceversa.

Tal vez hay una etapa de nuestras vidas en la cual ambas son inseparables y la única forma de liberar el don será sanando la herida.

Hay heridas superficiales como rasguños, no recordamos el momento en que sucedieron; si fue de casualidad o por causa de otro; hay otras que las vemos y las sentimos, y hay otras que no podemos ni mirar, tan grande es el dolor que causan; la profundidad al sentir que están ahí es inmensa, cuál un mar de sangre.

La desesperanza de sentir que nunca sanan, que se abren cada vez que crees que están cerrando, se transforma en un caldo de cultivo para miedos, rencores, aislamientos, corazas, roles, creencias, razones. Así la herida queda oculta, y podemos funcionar por un tiempo; a veces puede durar años, a veces toda la vida.

Pero un día, un movimiento brusco provocado desde las entrañas o por efectos de la vida que no manejamos, nos obliga a reaccionar de manera distinta y se abre la costra, se raja.

Nos acordamos de que ahí estaba la herida y comenzamos a dejar de vivir por vivir. Comenzamos a morir.

Y los días se hacen eternos por dentro, aunque sigan siendo una vorágine por fuera. Abres los ojos por la mañana y aparece lo que antes no existía, esa frase mental: "Otra vez vivo".

Para no enfrentarla, porque no sabemos bien cómo iniciar la jornada con esa frase, hacemos lo mismo que hemos venido haciendo: Pensar en lo cotidiano, continuar con los mandatos, con lo que dejamos pendiente ayer, recordar el paso que debemos dar hoy para lograr que suceda el mañana. Así perdemos el control y nuestra vida se transforma en un ir y venir por instinto, nos convertimos en un animal herido, atacamos, huimos o nos hacemos los bichos muertos a ver si nadie nos nota.

Gracias a Dios existe siempre un alma caritativa que en momentos de muerte y desolación nos habla de un propósito mayor, que las cosas pasan por alguna razón, que toda gran luz está precedida por una gran oscuridad. Siempre existe un alma que tiene el valor y la sabiduría, de decirnos: El marinero es quien sabe poner las velas a su favor, lo que sientes en este momento es lo perfecto y cuando lo consideres necesario estarás sintiendo diferente.

Y te quedas con la ambivalencia humana, con aquella neurona que oyó lo último y con aquella que se quedó con lo primero, y ahora algo en ti resuena con el plan mayor y algo se niega a restarle valor a tu sufrimiento.

Tenemos el derecho de reconocer y validar nuestro dolor, de negarnos a tener una herida que no sana, tenemos el derecho a vivenciar el plan mayor, el derecho a la certeza de que, de ahora en más, el talento estará siendo develado.

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